«Ícaro» Capítulo 7

7

 

Viernes, 18 de julio de 1924

La partida de Alec trajo consigo el regreso de la lluvia, su música húmeda y fresca contra los cristales. El granizo golpeó la hierba, el tronco del roble, el tejado… Bolas de un blanco brillante y del tamaño de una pelota de squash que arrancaban trozos de corteza a los sauces llorones.

Evan atravesó el jardín sin importarle empaparse; sin que le preocupase mancharse los zapatos de barro. Quería asegurarse de que Galatea y sus pequeños estaban en perfecto estado. Cuando lo hubo hecho, regresó a la biblioteca. Aunque no sin antes cambiarse y preparar té.

En algún momento, mientras contemplaba la danza de las llamas en el interior de la chimenea desde una de las butacas, mientras escuchaba el sonido de la tormenta, su clamor, el sueño vino a por él para llevarle a un lugar, a un recuerdo oscuro y frío.

 

Caminaba entre las sombras. Sus pies descalzos se hundían en un barro negro como la pez e igual de espeso. Como si de tierras movedizas se tratase, comenzó a hundirse. Alzó los brazos. Tanteó el aire desesperado en busca de un asidero. Fue inútil. Solo lograba acariciar el aire que de pronto se volvió caliente, sofocante. Gritó y su voz creó ecos que fueron deformándose hasta convertirse en un rugido que salió de las entrañas de la tierra. Un bramido animal que le agitó convirtiéndole en una masa temblorosa de puro terror, que a cada instante se hundía más y más en aquella negrura. Pero entonces todo cambió. Vio el mar ante sus ojos besando el acantilado. Las agrestes y oscuras rocas coronadas por restos de espuma. Las algas danzaban cerca. Un manto verde oscuro al que el sol del atardecer arrancaba destellos. Se acercó hasta el cuerpo que yacía sobre las rocas en una posición del todo imposible. Sangre manando de los labios, de los oídos. Hilos de un intenso color rubí manchando el oscuro cabello, apelmazándolo en la pura frente. Cayó de rodillas. Sus manos cobijaron a Ícaro; la cabeza contra su pecho. Qué forma más rara había adoptado. Como la cáscara de un huevo que alguien hubiese golpeado hasta quebrar. Pero seguía siendo hermoso. La serenidad que se apreciaba en su rostro hacía creer a quien le observase que dormía. Ícaro dormía un sueño largo y profundo. Uno del que no despertaría con el olor del amanecer. Ese aroma a sol calentando el aire y alejando el sereno de la noche. Acarició los pálidos labios mientras el llanto aullaba en su pecho. Y cuando los besó, sintió el sabor de la sangre de Ícaro y el de sus propias lágrimas mezclándose en su boca.

—No me dejes. Vuelve —musitó igual que un niño al que han desgarrado, arrancado el corazón. Y su súplica se repitió una y otra vez mientras el sol se hundía en el horizonte.

 

Abrió los ojos de golpe con el corazón desbocado y un regusto a tristeza en el paladar. La imagen de Ícaro, su Ícaro, en el fondo del acantilado cerca de donde las olas venían a morir, donde este había muerto, aún aguardaba tras los párpados si los cerraba, como si acabase de suceder. Se puso de pie y fue hasta el pequeño aparador donde le esperaba una botella de whisky. Se sirvió un poco y de cara a la cristalera, a la noche cerrada, bebió un buen trago que le obligó a arrugar el ceño. La bebida caldeó su garganta y un momento después y tras varios tragos más, sus agarrotados músculos fueron relajándose. Y a aquellos primeros tragos les siguieron muchos más. Tantos que cuando amanecía, Evan había acabado con tres cuartas partes de la botella y todo le daba vueltas. Pero por lo menos podía cerrar los ojos y no ver a Ícaro destrozado sobre las rocas.

Se había dejado caer al suelo; su espalda descansando contra una de las patas del piano y la mirada fija en el paisaje que se dibujaba al otro lado de la enorme ventana sin ver nada realmente. Se deslizó hacia un lado sin soltar la botella de la que en algún momento había comenzado a beber directamente y, cuando su cabeza tocó la madera que cubría el suelo, la inconsciencia se abatió sobre él.

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