«Ícaro» Capítulo 6

6

 

El agua del estanque creaba sombras acuosas en el techo; una elegante cúpula con filigranas doradas y cristales de colores que les devolvía el reflejo del sol tintado en tonos verdes, rojos y azules.

Una ninfa los observaba desde una de las paredes, entre frondosos juncos que parecían bailar al ritmo de un baile que solo ella podía escuchar. Su cabello azul turquesa permanecía alejado de su rostro, de sus mejillas y ojos por finas trenzas.

Evan se concentró en la respiración de Ícaro a su lado. Cuando contó diez, se incorporó hasta quedar sentado sobre las frías losetas que bordeaban la piscina. Su compañero tenía uno de los pies colgando sobre el agua y la punta de los dedos se sumergió en ella. Su mirada estaba fija en el techo, en la cúpula. De vez en cuando se desviaba al juego de luces sobre la líquida superficie. Fuera hacía frío. Pronto el invierno abrazaría la isla. Pero allí dentro, en aquel palacio de cristal, la dureza de la estación desaparecía.

Los dedos de Ícaro juguetearon con el borde de una de sus mangas. Labios contra la piel de su cuello, contra su nuca.

—Mi corazón es tuyo —le dijo al oído, y este descansó la barbilla en su hombro. Se giró buscando su mirada y se hundió en ella.

En aquellas aguas plateadas que siempre lograban calmarlo fuese cual fuese la situación en la que se encontrase—. Siempre será tuyo, Caro.

 

Jueves, 17 de julio de 1924

—He hecho café.

Alec le salió al paso con una taza llena a medias con la oscura y aromática bebida, nada más entrar en la cocina. Le brillaban los ojos como si el sol se hubiese colado en su interior. Era como una aparición celestial en mitad de los muebles blancos, de las alacenas llenas de vasos de cristal de colores con los bordes dorados. Un ramillete de lilas había sido colocado en el centro de la mesa dentro de uno. A su lado, una botella de leche fresca y un platillo repleto de azucarillos.

Evan, tras beber un poco de café, apartó una de las sillas que aguardaban alrededor para tomar asiento. La bebida tenía la cantidad exacta de azúcar: ninguna.

—¿Cómo te sientes? —Alec se sentó al otro lado donde le esperaba un vaso de leche.

Observó como cogía un azucarillo y lo dejaba caer en ella. Luego el sonido de la cuchara contra el cristal le perforó los oídos provocándole una molesta punzada que comenzó en uno de sus ojos y se extendió por toda su cabeza.

—Como si una manada de elefantes furiosos diesen vueltas dentro de mi cabeza buscando una salida. —Volvió a llevarse la taza a los labios. Después se palpó los bolsillos de los pantalones al recordar que había guardado en uno su pitillera—. ¿Qué hay de ti? ¿Has pasado aquí la noche? ¿No hay nadie esperándote en algún lado? —le preguntó cogiendo el último cigarrillo que le quedaba.

No quería ser descortés con él, y menos después de que le hubiese ayudado a llegar a casa el día anterior, pero le preocupaba que hubiese por ahí un padre o una madre preguntándose dónde diablos habría pasado su hijo toda la noche.

Alec, que había decidido beber la leche de un solo trago, le miró por encima del vaso. Sin apartar los ojos de los suyos, lo dejó ya vacío sobre la mesa. Luego, sin que pareciese tener mucha prisa en responder, aferró la botella para volver a llenarlo.

Evan buscó la desgastada cajetilla de fósforos. Encendió uno contra el borde de la mesa y la diminuta llama brilló un instante entre ambos.

—No —le respondieron al fin—. No hay nadie.

—¿De veras? ¿Qué hay de tus padres?

Dio una calada y, cuando expulsó el humo, este se elevó frente a su rostro antes de, en un último instante, acariciar las lilas y desaparecer. Alec, que iba a volver a beber del vaso que sostenía, detuvo el gesto a medio camino. Lo depositó con excesivo cuidado sobre la mesa y su mirada se quedó fija en la pulida superficie de madera.

—Mi madre murió al nacer yo y mi padre se marchó dos años después. Por lo visto le era difícil mirarme sabiendo que por estar yo aquí, su esposa se había ido para siempre de su lado —dijo con voz trémula y añadió en el mismo tono—: Me dejó con mis abuelos. Mi abuelo falleció cuando yo tenía seis años. Mi abuela lo hizo hace dos.

Al escucharle, algo en su interior se revolvió. Se le trancó la garganta y el humo del tabaco se quedó atrapado allí, provocándole un golpe de tos. Se puso de pie y tras acercarse a la puerta que daba al jardín, la abrió y dejó que el aire de la mañana le refrescase el rostro antes de acabar apagando el cigarrillo contra el marco.

—Lo siento —musitó. Tras él, solo silencio.

Tenía más preguntas. Quería hacer muchas más, pero no se sintió con fuerzas. Aspiró una profunda bocanada de aire. Olía a humedad, como si se estuviese formando una tormenta. Elevó la mirada al cielo y vio como las nubes se agrupaban. Inmensos y mullidos moratones. Siempre le habían gustado las tormentas de verano y en la isla eran dignas de ver.

—Será mejor que me vaya antes de que comience a llover y los caminos se vuelvan intransitables. —La voz de Alec le acarició la espalda.

El chico se colocó a su lado en el reducido hueco de la puerta. Sus brazos se rozaron y sintió un agradable cosquilleo que le recorrió todo el cuerpo.

—También puedes quedarte aquí.

Los ojos de Alec se clavaron en los suyos al escucharle.

—¿Es eso lo que quieres?

Evan desvió la mirada hasta la extensión de hierba que crecía frente a él, al jardín que parecía una pequeña selva. La naturaleza se había adueñado del lugar y, aunque se había planteado arreglarlo, siempre llegaba a la conclusión de que no era nadie para impedir a la madre tierra ejercer su poder.

—Lo que no quiero es que te alcance la tormenta de regreso a casa. O, lo que es peor, en mitad de uno de los atajos donde el único ser vivo con el que te encontrarás, y eso con algo de suerte, es alguna oveja o vaca que se limitará a mirarte pensando que como la mayoría de los humanos, eres un estúpido por andar por ahí fuera con ese tiempo.

Volvió a ladear el rostro para contemplar a quien permanecía a su lado y que parecía no haber dejado de observarle a su vez en ningún momento. Alec le sonrió antes de apoyarse en él. No hizo nada para alejarlo o alejarse. Se limitó a mirar el cielo que parecía oscurecerse un poco más a cada instante que pasaba, sintiendo el calor que desprendía el cuerpo junto al suyo.

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Alec se había paseado por la casa con timidez antes de acabar haciéndolo con sorprendente soltura, como si hubiese estado en ella antes. Y así había sido, ¿no? Cuando era Ícaro lo había hecho.

De vez en cuando, Evan pasaba frente a la puerta abierta de la biblioteca y lo veía sentado en el suelo, cerca de la chimenea ahora apagada, con un libro entre las manos. Y los volúmenes se iban apilando a su lado en una inestable torre a la vez que la tormenta descargaba su furia sobre la isla.

Comieron juntos. Huevos revueltos con beicon, pequeñas hogazas de pan algo duras y manzanas de piel verde y arrugada que dejaban un regusto ácido en la punta de la lengua. No fue un gran festín, pero para él fue como saborear un manjar tras otro. Quizás por la compañía o porque el cielo rugía con fuerza trayendo recuerdos que hacían sonreír su alma.

La lluvia se detuvo al caer la noche. Volvían a estar en la biblioteca y Alec leía para ambos. Cerró los ojos mientras le escuchaba desgranar la historia adoptando un tono de voz diferente para cada personaje. Descansó los brazos sobre la tapa del piano y sobre estos, la cabeza. Sonrió cuando lo escuchó cerrar el libro.

—Siempre me gustó que leyeses para ambos —le confesó.

Alec le devolvió la mirada, la sonrisa, antes de ponerse de pie y regresar la novela al lugar que ocupara en una de las estanterías. Para ello tuvo que usar la escalera de madera que se deslizaba por ellas por medio de un estrecho rail situado en el borde del último estante. Un chasquido metálico precedió al lento movimiento de la estructura cuando la empujó. Lo observó ascender un peldaño tras otro hasta llegar al estante indicado y colocar el libro.

—Y a mí me encantaba hacerlo —le dijo tras bajar y acercarse al piano—. Toca para mí, por favor.

Por un momento, mientras lo contemplaba allí de pie junto a él, dudó. Pero la duda se disipó cuando tomó asiento en la butaca tan cerca que sus brazos se rozaban. Lo miró de reojo como si temiese ver demasiado, recordar demasiado.

Aunque, ¿cuánto era eso?

Es demasiado cuando puedes ver el mar tiñéndose de rojo. Sentir el olor a óxido que se impone al de la sal.

Tembló como si fuese golpeado por una fría ola. Su cuerpo se agitó ante la cercanía del recuerdo, de la muerte. Del dolor que traía consigo para aquellos que no la abrazaban. Que solo podían ver como les arrebataba lo que más querían. Y como si fuese la única forma de recuperarse, de dejar de temblar, sus dedos comenzaron a presionar las teclas. Al principio parecían un montón de dientes rechinando entre sí. Hasta que sus músculos se relajaron y las notas comenzaron a tener sentido. Se unieron formando una melodía que solo Ícaro y él conocían.

Cuando terminó, Alec tomó sus manos entre las suyas. Se las llevó a los labios con la misma velocidad que las atrapara y depositó un beso en el dorso de cada una de ellas, sobre los nudillos, antes de soltarlas; de abandonar la butaca y, dándole la espalda, acercarse a la chimenea. Evan se quedó con la mirada fija en sus propias manos donde aquellos labios se habían posado, labios cálidos y suaves, como si hubiese caído bajo un hechizo. Solo la voz de quien permanecía con él en la estancia logró romperlo, liberarlo.

—Es tarde. Deberíamos dormir.

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Cuando despertó, el silencio que reinaba en la casa le provocó un escalofrío. El sol estaba bastante alto en el cielo y le deslumbró cuando atravesó el salón. La calidez de la madera de la puerta le besó los dedos al terminar de abrirla. Alec debía haberse marchado y olvidado cerrarla.

No había rastro de la tormenta que había golpeado la isla el día anterior. Solo aquel olor a limpio. A corteza húmeda. Aspiró una profunda bocanada de aire y el aroma se adentró en él terminando de despertarlo.

Sus zapatos se hundían en la hierba. La aplastaban con delicadeza mientras se encaminaba a la parte trasera de la mansión de donde le llegaba el sonido de varios maullidos. Por lo visto, la gata había sido madre bajo el resplandor de los rayos y la música de los truenos.

Evan empujó la puerta de cristal del pequeño palacio que se alzaba en medio de la espesa vegetación. Dos vidrios habían desaparecido. Esquivó el charco de lluvia que le recibió nada más atravesarla. El suelo de mármol blanco lucía un extraño color verdoso debido al abandono y la humedad. Las plantas, que en otro tiempo habían crecido en grandes maceteros de loza pintada a mano, ahora eran meros esqueletos resecos. Las raíces habían quebrado el recipiente que las había contenido y se mezclaban con la tierra esparcida por el suelo. Se convirtieron en polvo bajo sus pies cuando se adentró aún más en el lugar siguiendo la dirección desde la que le llegaban aquellos sonidos. Se encaminó al fondo de la estancia, allí donde se levantaban varias columnas y lo aguardaban dos sofás que habían visto tiempos mejores. Y sobre uno de ellos, entre los cojines de seda roídos, cuatro gatos llamaban a su madre que no tardó en acercarse. Todos parecían estar bien y se permitió tomar asiento en el otro sofá sin importarle mancharse la ropa de polvo.

—Uno de ellos nació muerto. Lo he enterrado en el jardín, cerca de donde está tu otro gato —le dijo Alec saliendo del estanque vacío por la escalera que se hundía en él y que tenía el mismo aspecto de abandono que todo a su alrededor—. Galatea y el resto parecen estar bien.

—¿Galatea?
El chico sonrió. Las raíces crujieron bajo el peso de su cuerpo. No se había puesto el jersey sobre la camisa; las mangas recogidas a la altura de los codos. Pudo ver como se le erizaba la piel de los brazos al llegar junto a él. La humedad en aquel lugar hacía que el calor del exterior apenas acariciase los huesos. Allí no olía a limpio, a lluvia y savia. Olía a polvo y recuerdos. A lágrimas. Ya no quedaba en el lugar ninguna pizca de la felicidad que hubo en otro tiempo. Aquello le entristeció.

—¿No te gusta? Me pareció un buen nombre. —La voz de Alec le sacudió por dentro, borrando un poco de esa tristeza.

Echó un vistazo a la gata y a su prole.

—Es un buen nombre. —Su mirada regresó al chico. A su mirada soñadora y a sus delgados brazos. Este continuaba de pie frente a él, frotándose el cuello con una mano como si acabase de despertar de una larga siesta en una mala postura—. ¿Qué hacías ahí abajo? —inquirió señalando con la cabeza el estanque.

Y a su pregunta, la sonrisa que adornaba su rostro se ensanchó.

—Ven —le dijo—. Ven conmigo.

Su invitación fue demasiado tentadora para no aceptarla. Tomó la mano que le tendía y dejó que le llevase hasta la antigua piscina. Bajaron juntos los resbaladizos escalones hasta el fondo donde algunas hierbas habían logrado crecer entre el cemento y la pintura. Y allí, en medio del estanque, una pequeña barca.

—¿Te acuerdas? —Alec fue hacia ella y la rodeó despacio. Sus dedos acariciaron la madera a la que el tiempo no parecía haber dañado en demasía.

Luego se subió a ella. Tomó asiento sobre los cojines allí olvidados. Volvió a ofrecerle su mano; una petición silenciosa para que se acercase y él lo hizo.

Claro que se acordaba. Recordaba los besos. La respiración entrecortada contra su oído, contra su cuello. El tacto suave de su piel atrapado en los dedos, en los labios. Aquel aroma a melocotones maduros. Aquel sabor a manzanas con canela en la punta de la lengua. Su nombre pronunciado bajito, en un susurro caliente y áspero. El calor del sexo de Ícaro quemando la yema de sus dedos. La firmeza de sus nalgas. Recordaba la forma en que este se mordía los labios al llegar al punto más álgido de placer. Cuando la piel se le erizaba y cerraba los ojos con fuerza, un pájaro tembloroso que extiende sus alas.

Abrió los ojos que inconscientemente había cerrado arrastrado por los recuerdos. La luz del sol se colaba por la cúpula y los bañaba. Creaba sombras rojas en el rostro de Alec. El chico le miraba fijamente como si esperase una palabra suya, un suspiro que le besase las mejillas. Un mordisco del pasado en el pecho, justo sobre el corazón, quizás.

—Lo recuerdo.

Sus palabras hicieron sonreír al muchacho, que se dejó caer de espaldas sobre los cojines. Solo entonces se percató de que iba descalzo.

—¿Y tus botas?

Alec se estiró como un gato remolón.

—Duermen en la habitación de invitados que tan lejos está de la tuya —le dijo, y creyó notar cierto reproche en sus palabras.

Luego se acurrucó. Se colocó de costado y dobló las rodillas haciéndose una bola. Una de sus manos trepó por la madera hasta el borde del bote y los intrépidos dedos comenzaron a interpretar una danza.

—¿Quieres tumbarte conmigo? —dijo pasados unos segundos, sin detener el baile y sin mirarle.

¿Quería? Sí, sí que quería. Pero tenía miedo y aquello le enfurecía.

Necesitaba un cigarrillo. Se palpó los bolsillos de los pantalones y maldijo en voz baja al comprobar que se los había olvidado en el dormitorio. Cuando volvió a posar su mirada en Alec, este se había sentado y le miraba con el rostro algo ladeado. Un mechón de cabello, tan fino y blanquecino que le recordó al tentáculo de una medusa, le cubría uno de los ojos. El otro, de un intenso verde, le contemplaba tan fijamente que se le aceleró la respiración. Luego y de repente, gateó hasta convertir en nada la distancia que los separaba. Y si cuando abandonó días atrás el roble carecía de toda elegancia felina, ahora la rebosaba por cada poro de su inmaculada y pálida piel.

Alec alzó los brazos hasta aferrar su rostro y, conmovido por la belleza de sus facciones, por la calidez de sus dedos y la sensación de que era Ícaro quien le miraba, Evan le dejó hacer. Una de las manos del joven se deslizó por su mentón siguiendo la línea de su incipiente barba hasta que los dedos buscaron encajar en su nuca; y antes de que pudiese comprender qué pretendía, sintió cómo unos labios presionaban contra los suyos con suavidad.

Luego el chico se apartó con la misma calma con la que se le había acercado. Se sentó entre los cojines sin dejar de observarle y su boca dibujó una media sonrisa cuando él, tras pestañear varías veces y abrir y cerrar la suya como un pez varado en la orilla sin lograr pronunciar palabra, optó por señalarle acusador con un dedo como si acabase de pillarlo haciendo una travesura y pretendiese reprenderle. Pasados unos instantes en los que comenzó a sentirse como un completo estúpido y en los que no consiguió decir nada, bajó el brazo.

—Debo irme —musitó Alec poniéndose de pie.

Se bajó de la barca y se sacudió con brío los pantalones. Se peinó el cabello con los dedos, o lo intentó, sin mucho éxito. Varios mechones estaban enredados entre sí y se arremolinaban en su coronilla dándole un aspecto divertido.

—¿Por qué? No hay nadie esperando.

El azul de la mirada del joven se ensombreció tomando el tono del lapislázuli y el verde se volvió más oscuro, como el de aguas pantanosas, ante sus palabras. Básicamente acababa de recordarle lo solo que estaba en el mundo. Si antes se había sentido idiota, ahora se sintió un completo impresentable. Aunque no había sido su intención hacerle daño, entristecerlo, eso era lo que había logrado al conseguir por fin hablar.

—Lo siento. No pretendía…

—Lo sé. —Otro susurro agitando el aire viciado del lugar, las motas de polvo que se arremolinaban alrededor del bote como pequeños insectos que el sol hacía brillar.

Cuando Alec por fin se marchó, se dejó caer sobre los almohadones. Sus uñas rascaron la madera que bajo los cojines aún conservaba parte de la pintura. Un ligero hormigueo surcaba sus labios y se preguntó si no sería desconsuelo porque la caricia que habían recibido hubiese sido tan breve. En el fondo seguía siendo un niño. Un niño que odiaba que otros hiciesen antes que él las travesuras que se había imaginado cientos de veces haciendo.

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