«Ícaro» Capítulo 5

5

 

Miércoles, 16 de julio de 1924

El sonido de pasos se unió al del mar que gritaba furioso contra el acantilado llenando de espuma las paredes del viejo faro. Lamiendo los pocos vidrios que aún permanecían aferrados a los marcos de madera de las ventanas. Varias gaviotas sobrevolaron el lugar. Su inconfundible graznido se coló por uno de los huecos justo encima de su cabeza. Una respiración más y quien se aventurara en el lugar apareció en el umbral. En la estancia, un destartalado sofá moría lentamente.

Evan volvió a beber de la botella que había llevado consigo oculta entre los pliegues de la chaqueta que, tras varias horas, todavía cubría sus hombros. Sentía el sabor del whisky en los labios cuando llevó hasta ellos un nuevo cigarrillo. El sol acariciaba el rostro de Alec, que seguía sin decidirse a entrar en el lugar, que permanecía observándole en silencio. Cuando por fin se acercó, cuando se acuclilló frente a él, le robó el cigarro. Protestó creyendo que lo apagaría contra el suelo, pero en vez de ello, le dio una calada para luego expulsar el humo muy despacio sin quitarle ojo.

—¿Dónde has estado? —preguntó quebrando al fin su silencio, sosteniendo el tabaco entre los dedos como si no fuese la primera vez que lo hiciese. Un poco de ceniza cayó sobre la puntera de una de sus botas. En esta ocasión, una hoja de un intenso verde con los bordes dorados por el sol acompañaba a los cordones.

Sintió cómo se le secaba la garganta y volvió a beber de la botella. Cuando estaba a punto de apoyarla en el suelo, el chico se la arrebató igual que había hecho con el cigarrillo. Sujetándola por el cuello, bebió un buen trago y, a pesar del intenso sabor, del regusto a madera que caldeaba rápidamente la garganta, no cambió la expresión de absoluta calma que le mostrara desde que había llegado.

—En el norte —le respondió intentando recuperar la bebida. Pero el muchacho la mantuvo alejada de sus ahora torpes manos—. Y tú, ¿dónde has estado?

Alec volvió a dar otra calada antes de apagar el cigarro contra la pared y tirarlo al suelo. Después su mirada se paseó por el lugar. Una araña de largas patas, del color del carbón, atravesó la habitación para perderse bajo el sofá.

Evan se había marchado a la parte norte de la isla tras esperar durante tres largos días a que este regresase a su casa. De pronto estaba esperando ver aparecer a un chico que decía ser Ícaro. No, estaba esperándole a él. Porque no albergaba dudas de que su viejo y único amor volvía a estar a su lado. Pero que no apareciese, que de pronto los días se convirtiesen en noches y no volviese a escuchar su voz, le había hecho dudar de ello. Por eso había decidido ir unos días al norte, donde los caballos corrían libremente por extensas praderas de hierba, entre ríos de agua dulce que manaba de la tierra negra elevando nubes de vapor a su paso y así olvidarse un poco de todo aquel asunto. Aunque no había sido tan fácil.

Alec no parecía querer responder a su pregunta. Guardó silencio sin dejar de mirarle y cuando Evan volvió a intentar recuperar la botella, se puso de pie, sacó el brazo por la ventana —o lo que quedaba de esta— y vertió todo el contenido. Luego lo regresó al interior, abrió los dedos y la dejó caer. La botella acabó estrellándose contra el suelo de la estancia rompiéndose al instante en cientos de pedazos. Evan lo miró sin comprender a qué venía aquello; demasiado sorprendido para protestar por el hecho de que le hubiese privado del whisky que aún contenía.

—Necesito que estés sobrio. Que tu corazón lo esté para que pueda ver. —Le tendió una mano y él se limitó a contemplarla aún confuso—. Para que puedas volver a amarme.

La sinceridad del chico era como una corriente directa a la superficie, que lo liberaba de la turbulenta marea en la que siempre acababa hundiéndose.

«¿Para que puedas volver a amarme?».

Jamás había dejado de hacerlo. Nunca había dejado de pensar en él. No había dejado de desear poder besarlo de nuevo, lamer su piel hasta hacer suyo aquel dulce sabor que yacía en ella y que le recordaba a las pastas de melocotón que solían tomar por entonces con el té. A frutas maduras secadas al sol. Y se preguntaba mientras miraba los pálidos y largos dedos de la persona que ahora tenía delante, las diminutas arrugas que surcaban la piel de los nudillos, la forma perfecta de los huesos de la muñeca de la que continuaba prendida aquella pulsera de hilo tan familiar, si seguiría sabiendo igual. No, no sabría del mismo modo. De una forma extraña sabía que si dibujaba con la lengua un sendero desde aquellos dedos hasta el codo, no recogería el sabor de los melocotones maduros y jugosos con los que el verano les saludaba. No, atraparía en ella el sabor de los bosques. Un sabor fresco, a lluvia que se desliza por las tiernas hojas de los robles. Saborearía la sangre sagrada de los árboles o el pasto bañado por el rocío. El calor de la madera al ser acariciada por el sol. Y mientras todos esos sabores se mezclaban en su paladar, su nariz se llenaría del especial aroma de los templos. Se llenaría de incienso y milagros.

Deseó atrapar el delgado brazo y besar allí donde las venas se marcaban en un azul claro como el cielo estival. Sentir el pulso de la vida contra sus labios. No había muerte. No había sangre manchando la palidez.

—Te acompañaré a casa. —Le escuchó decir al dueño de aquel cuerpo, y su voz se acercó a las paredes, al viejo y mohoso sofá. A su rostro acalorado por el alcohol para bendecirlo.

Su mano fue al encuentro de la de Alec. No estaba cálida como la otra vez en la cocina y quiso alejar esa frialdad aunque la suya estaba igual de helada. Este pareció leerle el pensamiento y llevó ambas hasta su pecho para esconderlas bajo el jersey como muchas otras veces Ícaro había hecho. Luego, en silencio, esperó el tiempo que consideró suficiente antes de ponerse de pie, antes de tirar de él para que le siguiese.

separador-icaro

No creía estar tan borracho mientras estaba sentado en el interior del faro, pero sí que lo estaba. Las piedras del camino se lo dejaron claro al volverse gigantes con los que siempre terminaba tropezando, que le impedían mantenerse erguido.

Los brazos de Alec le ayudaron a lograrlo. A seguir avanzando y atravesar la oxidada verja de hierro que delimitaba el sendero y tras la cual se levantaba su propiedad. Intentó cerrarla pero parecía moverse, ondularse como si estuviese hecha por cientos de serpientes, y desistió con una risilla ronca.

En algún momento, una de sus manos tanteó el aire como si buscase resolver un acertijo. Luego se acarició la barbilla, el mentón donde la barba de un par de días se había transformado en otra algo más espesa.

—Estoy demasiado vivo para estar tan poco borracho.

Después de varios tropezones en la escalera, consiguió llegar a su habitación y se dejó caer sobre la cama. Sintió cómo le quitaban los zapatos y la chaqueta. Después el rostro de Alec apareció sobre el suyo. Las rodillas del muchacho rozando los huesos de sus caderas, la tela de sus pantalones. Si alzaba uno de los brazos, si llevaba la mano hasta su cabello, descubriría si estaba en lo cierto al creer que sería igual de suave que la nata recién batida. Pero no lo hizo. En cambio cerró los ojos y se quedó completamente inmóvil.

—Eres peligroso —musitó—. Puedes destrozarme con tanta facilidad…

—¿Por qué dices eso? —La voz de Alec fue apenas un susurro.

Abrió los párpados para encontrarse con sus ojos. Sus manos descansaban a ambos lados de su cabeza. Giró el rostro lo justo para ver la pulsera. De pronto se sentía cansado, somnoliento.

—Ya no soy un muchacho de dieciséis años. Hay cosas que ahora son más complicadas de… —comenzó a decir, pero fue interrumpido por quien sostenía su mirada.

—No hay ningún muchacho de dieciséis años aquí.

No pudo evitar alzar una ceja sorprendido al escucharle. Y cuando Alec le aclaró que tenía diecisiete, se echó a reír.

—Ya veo. Eres todo un hombre, sin duda.

—¡No te burles de mí! —exclamó contrariado.

Detuvo las carcajadas, mas en sus labios permaneció una amplia sonrisa. El techo sobre su cabeza giró a una velocidad trepidante y volvió a cerrar los ojos. Aunque no borró la expresión divertida que adornaba su rostro.

—La vida se burla de ambos, Caro.

Abrió los ojos de golpe como si le hubiesen abofeteado tras pronunciar aquel diminutivo con el que solía llamar a Ícaro y hacerlo con tanta normalidad. Alec le observaba. No había rastro del enfado de un momento antes en él. Su expresión era del todo relajada, como si no le sorprendiese que le llamase de esa forma. Mantuvo sus ojos fijos en él, que sintió cómo el tiempo se detenía cuando lo vio inclinarse. El chico descansó la cabeza sobre su pecho y le abrazó. Luego, y antes de darle tiempo a reaccionar, a responder de desearlo a aquel gesto, se bajó de la cama para dejarle a solas. Aunque no transcurrió mucho tiempo cuando regresó para tomar asiento sobre el colchón justo a su lado. Sus ojos estaban húmedos y en ellos flotaban oscuras sombras. Cuando habló, en sus palabras palpitaba la desesperación.

—Necesito que dejes de desear morir.

—No deseo tal cosa. De hecho, y según solía decir mi padre, devoro la vida con demasiada ansia —replicó al escuchar su súplica, esgrimiendo una burlona sonrisa al rememorar las visitas a ciertos lugares de la ciudad. Lugares donde aún se podía beber absenta o fumar opio por un precio bastante razonable y sin temor a acabar en la cárcel.

—Hablo en serio —masculló Alec, y dos arrugas se marcaron en su entrecejo, en las comisuras de su boca cuando frunció los labios, molesto.

De pronto le pareció más un niño que en ningún otro momento. Se echó a reír y aquello solo logró enfadarle aún más.

¿Cómo podía saber quién era realmente aquel muchacho? Puede que solo fuese un mentiroso y él un maldito borracho tan ciego que no veía la verdad. La risa se le atragantó de golpe. No, ni este era un mentiroso ni él estaba tan perdido.

—La vida para ti es como un hermoso gato abandonado que te encuentras mientras paseas. Te agachas para acariciarlo, pero no te lo llevas a casa. Necesito que te lo lleves, Evan.

Se frotó los ojos. Todo volvía a darle vueltas y solo deseaba que dejase de hacerlo.

—Necesitas demasiadas cosas.

—No he vuelto para ver cómo te mueres.

Dejó de acariciarse los párpados con la yema de los dedos y observó en silencio al chico junto a él.

—¿Para qué has vuelto entonces?

Alec apartó la mirada como si sus palabras lo hubiesen herido.

—¿De veras necesitas preguntarme eso?

Lo habían hecho. Sus palabras lo habían herido y las sombras en sus pupilas, en su mirada, se volvieron más oscuras.

«He vuelto por ti. Por nosotros. Por lo que teníamos», decían sus ojos.

—Perdóname. Estoy cansado. Llevo demasiado tiempo estándolo, me temo —se disculpó.

Alec guardó silencio hasta que su mirada volvió a brillar. Los dedos del chico treparon por la colcha como las patas de una araña y solo el índice y el corazón rozaron el dorso de su mano. Se quedaron allí un instante.

—Entonces descansa un poco.

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Los datos de carácter personal que proporciones al dejar un comentario o una valoración serán tratados por Ediciones el Antro, S.L. como responsable de esta web. La finalidad de la recogida y tratamiento de estos datos es que estés al día de lo que hacemos en este antro, así que te enviaremos algunos emails (novedades, primeros capítulos, sorteos, promociones...). Nara de spam, palabra. Estos datos estarán almacenados en los servidores de OVH HISPANO, S.L., situados en la Unión Europea (política de privacidad de OVH). No se comunicarán los datos a terceros. Puedes ejercer tus derechos de acceso, rectificación, limitación y supresión enviando un correo electrónico a info@edicioneselantro.com, así como tu derecho a presentar una reclamación ante una autoridad de control. Puedes consultar la información completa y detallada sobre protección de datos en nuestro AVISO LEGAL Y POLÍTICA DE PRIVACIDAD.