«Ícaro» Capítulo 4

4

 

La lluvia los había pillado cuando iban de regreso a la casa. Las gotas creaban huecos en la arena de la playa y se deslizaban por sus cabellos. Goteaban de las mangas de su abrigo y de la pequeña visera de la gorra con la que se cubría la cabeza. Una gorra de lana gris moteada en negro.

Evan buscó la mano de Ícaro. Sus dedos se balancearon en el aire húmedo y limpio en su busca. Cuando la encontró, tiró con suavidad haciendo que su dueño siguiese sus pasos hasta la cueva; un profundo hueco que el mar había horadado tiempo atrás en la oscura roca del acantilado. Antes de adentrarse en ella, un relámpago iluminó el otro lado de la playa donde se alzaba la inconfundible figura del viejo faro.

La sal había creado surcos blanquecinos en las paredes. En las piedras planas y de bordes redondeados por el envite del mar que cubrían el suelo. Una de mayor tamaño yacía en el centro como un pequeño trono. Ícaro tomó asiento en ella mientras se frotaba los brazos intentando entrar en calor. Llevaba la ropa empapada y se le pegaba al cuerpo. Su cabello oscuro como la noche caía en pequeñas ondas, ahora algo apelmazado por la lluvia, hasta la base del cuello. Una gota se desprendió de un mechón y descendió por su piel antes de acariciar la clavícula que el jersey algo grande que vestía dejaba al descubierto. Sintió el impulso de atraparla con la lengua. Ese tipo de deseos lo sacudían de golpe desde que, días antes, a unos metros de allí, en la playa, comprendiera lo que sentía por Ícaro y lo besara. Y este había respondido a su beso en un principio con timidez, incluso torpeza, antes de devolvérselo con las mismas ansias con las que él se lo daba.

—Hace frío. —La voz de Ícaro se extendió como una ola hasta abrazar su cuerpo, todos sus sentidos.

Días atrás también había hecho frío. La niebla había surgido del mar como una procesión de espectros y sus labios habían estado helados cuando los besó. Se preguntaba si ahora también lo estarían.

Se acercó despacio hasta quedar frente a él y se arrodilló. Las piedras se le clavaban en las rodillas, pero no le importó. Se deshizo del abrigo y lo dejó junto al de quien le acompañaba, que se lo había quitado nada más entrar en la cueva. Luego hizo otro tanto con su jersey, que parecía bastante seco. O al menos mucho más que el que Ícaro vestía y el cual le arrebató antes de ponerle el suyo.

—¿Mejor?

Ícaro no respondió. Se limitó a mirarle fijamente. Sus ojos grises parecían llamear en la oscuridad. Fuera, un búho le hablaba a la noche. Se movió despacio. Sus brazos le rodearon el cuello antes de que las manos creyesen que había otro lugar mejor donde cobijarse y descendiesen por su pecho solo cubierto por la camisa. Los dedos temblorosos se enredaron en los tirantes y tiraron de ellos hasta que cayeron como las cuerdas rotas de un violín sobre las perneras de sus pantalones. Eran unos críos, solamente catorce inviernos atrapados en sus huesos, que se reconocían el uno en el otro a base de besos y caricias. Las manos se alejaron de las perneras para refugiarse bajo la camisa, contra la piel de su vientre.

—Ahora sí —respondió al fin el dueño de esas manos desatando en él una oleada de calor que prendió cada uno de sus miembros.

Aferró su rostro y volvió a besarlo. Los besos se sucedían como ráfagas de aire caliente que los sacudían, que los hacían balbucear incoherencias. O quizás estaban diciendo, diciéndose, las cosas más lógicas y reales que nunca se hubiesen dicho dos personas. Quizás estaban bordando poemas, canciones, entre un jadeo y otro.

En algún momento sus manos también buscaron refugio en el vientre, en el pecho de Ícaro. Y un poco más tarde los dos se exploraban como lobos hambrientos que reconociesen el terreno que se abría ante ellos, uno nuevo y mágico, en el suelo de la cueva.

Sus manos se aferraban a la carne trémula. Apartaban la ropa que sobraba dejando solo la que la timidez, que aún sofocaba sus corazones, les obligaba. Y en un alarde de valentía o quizás porque el fuego parecía no dejar de arder nunca, las suyas se colaron en el interior del pantalón de Ícaro buscando su sexo. Desatando pequeños terremotos con cada caricia. Terremotos que le golpearon también a él cuando el suyo fue colmado con las mismas atenciones.

Cuando todo terminó, cuando el fuego fue sofocado y sus respiraciones parecieron volver a la normalidad, Evan contempló el sendero blanquecino que cubría sus dedos como el néctar de una exótica planta. Una gota espesa y brillante cayó sobre una de las piedras del suelo y se unió al salitre que la cubría. Hundió el rostro en el cuello de quien todavía permanecía bajo él. Ahí estaba aquel olor afrutado, a melocotones y mangos maduros. Pero ahora junto a este flotaba otro más picante.

Aún se deslizaban del cabello de Ícaro gotas de fragante lluvia. Atrapó una con la lengua y la sostuvo en el paladar un instante antes de por fin tragar.

 

Viernes, 11 de julio de 1924

Había visto la sombra que el sol dibujaba sobre la hierba nada más salir al jardín.

Evan se encaminó, con una taza de té en una mano y un cigarrillo en la otra, al majestuoso árbol que parecía presidir el lugar. Las abejas zumbaban de un lado a otro en busca de flores. Una de ellas se posó en el tronco.

Se detuvo justo bajo las gruesas ramas. Un río pegajoso de resina discurría por algunas. La abeja abandonó su descanso para volver a volar por el jardín, pero antes de ello lo hizo alrededor de la pierna, de la bota que colgaba de una de las ramas más bajas. Alzó el rostro para encontrarse con el de Alec.

—¿Has dormido ahí? —le preguntó llevando el cigarro a sus labios.

El chico vestía la misma ropa que la noche anterior y un poco de resina seca manchaba una de sus mejillas.

—Solo los pájaros y los gatos harían algo así. Por desgracia no soy ni lo uno ni lo otro —le respondió incorporándose, sentándose con las piernas colgando a ambos lados de la rama. Hasta entonces había permanecido con la barbilla sobre la rugosa superficie.

Mentía. Su rostro y la hoja atrapada en su cabello le delataban.

—¿Tienes hambre?

Alec se estiró. Alzó los brazos por encima de la cabeza antes de frotarse los ojos. Después estos se clavaron en él. Ojos extraños. Ojos hermosos.

Evan no esperó su respuesta. Le dio la espalda y volvió sobre sus pasos. La gata le adelantó y con algo de dificultad subió el peldaño antes de por fin adentrarse en la cocina. Dentro olía a té con especias y pan de naranja. El aroma se escapaba por la puerta en pequeñas ráfagas. Apagó el cigarrillo contra el marco antes de lanzar lo que quedaba de él a la hierba. El chico descendía del árbol con la elegancia de un asno, algo que no se esperaba. Más bien le imaginaba haciéndolo con la de un felino. Le vio caer en el último momento y terminar sentado sobre la hierba. No pudo evitar soltar una carcajada ante tal espectáculo.

—¿Estás bien? —exclamó en su dirección dispuesto a deshacer el camino y ayudarle a ponerse de pie. Pero este lo hizo con más agilidad que la mostrada un instante antes. Así que sin más tardanza, se aventuró en la cocina.

Dejó la taza sobre la encimera y, después de coger otra de una de las alacenas —una de porcelana con dibujos de violetas en el borde—, la llenó de té al que le añadió leche. No sabía si a Alec le gustaba alguna de las dos cosas, mas algo le decía que así era. Luego cogió un pequeño plato blanco y puso sobre él un generoso trozo de pan de naranja. Por último, tras dejarlo todo frente a Alec, sostuvo de nuevo su propia taza y tomó asiento al otro lado de la mesa.

—¿Te reías de mi calamidad?

La presencia del joven traía consigo el sonido del mar al acariciar la arena. Del viento al besar la hierba aún con una fina capa de sereno, al alba. Y ello le gustó tanto o más que la forma en que apartó la silla y se sentó. Tanto o más que la forma en que tomó la taza y, tras aspirar el aroma de las especias que se desprendía de ella, bebió un poco.

—Lo siento —se disculpó.

—Mientes. —Alec le observó por encima de la porcelana que con tanta delicadeza sostenía y sus labios se curvaron en una sonrisa que Evan no tardó en imitar.

—¿Qué chico tan joven utiliza la palabra calamidad? —Sus dedos se deslizaron sobre la mesa en busca de la pitillera, de la que extrajo uno de los cinco cigarrillos que esa misma mañana había liado. Lo colocó entre sus labios sin quitarle ojo a su invitado, si es que ese término era correcto para referirse a alguien como aquel chico, y tras encender una cerilla contra el borde de la mesa le dio una profunda calada.

—¿Qué chico tan joven le susurra a otro poemas? —replicó Alec llevándose un trozo de pan a la boca.

Lo vio masticar despacio. Tragar y luego beber otro poco de té, todo bajo la niebla que se alzó frente a su rostro al expulsar el humo. Cuando se disipó, volvió a sentir miedo. No, no era miedo. Era desesperación porque ese viejo sentimiento que había vuelto a la vida al verle, al sentir que había algo de Ícaro en él, desapareciese.

—Ya no soy tan joven —musitó sin saber muy bien por qué.

La persona al otro lado de la mesa detuvo el gesto de llevarse otro trozo de dulce a la boca. Dejó el tenedor junto al plato y le miró.

—Ninguno de los dos es como era antes. Sigues siendo hermoso.

No supo qué decir. Le turbaba su sinceridad, como la suya había turbado a Ícaro en su momento. Se terminó el té y, de varias caladas, acabó también con el cigarrillo. Rápidamente volvió a coger otro, pero este se partió entre sus dedos. Lanzó los trozos dentro de la taza y descansó las manos junto a esta; aunque, al ver que temblaban, las escondió bajo la mesa, sobre sus piernas.

—Nada de esto es fácil para mí. No sé cómo debo…, qué debo… —Se obligó a cerrar la boca al no dar con las palabras que pudiesen expresar lo que sentía, lo que realmente quería decir. Pero Alec lo supo.

—Cuando alguien muere y a su alma se le da la oportunidad de regresar, no lo hace exactamente como era antes. Se trae consigo cosas nuevas para esa nueva vida. ¿Por qué no empezamos por ahí en vez de por el pasado? ¿Por qué no intentas conocer esas cosas nuevas que hacen de mí quien soy ahora, las cosas que me hacen ser Alec?

Durante todo el rato que hablara, Evan lo había estado mirando. Y cuando terminó, volvió a sentirse en calma. Cuando lo escuchaba siempre creía estar escuchando a Ícaro. Eran otros labios los que dejaban escapar las palabras, cierto, pero estas eran de él.

—¿Cómo sabes esas cosas? —inquirió. Sus manos volvieron a tantear la mesa.

Alec se encogió de hombros antes de atrapar una de ellas. Después se comió el trozo de pan de naranja que había dejado en el plato. El tenedor golpeó la madera creando un eco metálico cuando lo soltó para coger la taza de té con leche y, una vez más, beber de ella. Evan, mientras, no podía dejar de contemplarlo, de seguir cada uno de sus gestos completamente ensimismado. Como si alguien estuviese realizando un truco de magia frente a él. Sentía la calidez de aquellos otros dedos sobre los suyos. Le reconfortaba. Por eso cuando habló, no se reconoció en las palabras que pronunció.

—¿Me devuelves mi mano?

Se odió.

—En algún momento, sí. Pero no ahora.

La respuesta de Alec le hizo sonreír. Y de algún modo, agradeció que no quisiese soltarlo.

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