«Ícaro» – Capítulo 3

3

 

Jueves, 10 de julio de 1924

Había visto la nota nada más entrar en la cocina. Un trozo de papel algo oscurecido en los bordes por la misma tinta con la que habían garabateado unas palabras en él.

Estaba doblada por la mitad y luego otra vez hasta formar un triángulo. Las letras, elegantes y vistosas, habían fluido por el interior de la hoja hasta desbordarse por la cara externa. Sangre negra que gritaba ser leída. Pero Evan ignoró los gritos. O al menos lo hizo en un primer momento mientras preparaba té. En un gesto nervioso, mientras bebía un poco de la bebida a la que le había añadido bastante leche, apoyado en la mesa frente a la puerta, se arregló los tirantes y se apartó el cabello del rostro. Desde su posición podía ver quién firmaba la misiva. El nombre estaba escrito con precisión y terminaba con el dibujo de una pequeña pluma: Alec.

El chico debía haberse acercado hasta la casa cuando él se había retirado después de cerrar la puerta con un contundente golpe que sacudió el marco del que se desprendió una lluvia de astillas. O quizás sucedió mucho tiempo después, cuando se fue a la cama sin asegurarse de que no había nadie más en su propiedad, y con pasos comedidos, tras escribir la nota, Alec la había pasado bajo la puerta esperando que la leyese en la mañana.

Se terminó el té y dejó la taza de porcelana sobre la mesa. Aún tardó varios minutos más en acercarse y tomar el triángulo de papel. En abrir cada pliegue y que el mar de letras brillase ante sus ojos. Alec le pedía que se reuniera con él en la playa al atardecer. Dobló la hoja tal cual la había hallado y la dejó junto a la taza. No pensaba asistir. El juego se había terminado.
Aunque antes de abandonar la cocina, regresó sobre sus pasos para volver a leer cada palabra. Para acariciar cada letra con la yema de los dedos, la diminuta pluma al final del nombre.

¿Y si el chico decía la verdad?

Por segunda vez dobló la nota del mismo modo en que se la había encontrado. Del mismo modo en que Alec lo había hecho. Del modo en que Ícaro lo hacía. Este también las doblaba hasta formar con ellas un triángulo perfecto y, de igual forma, acompañaba su nombre con el dibujo de una pluma.

¿Y si era posible volver del reino de los muertos aunque fuese con otro rostro?

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Las olas golpeaban con suavidad la playa vacía a aquellas horas. El ligero viento que se había levantado a media mañana había borrado las huellas de quien pudiese haber paseado por ella. Avistó la figura que sentada cerca del agua, tanto que casi parecía que el mar fuese a besar sus pies de un momento a otro, contemplaba como el sol se hundía en el horizonte bañando el lugar con tonos naranjas y rojos. Observó a Alec durante dos respiraciones profundas que llevaron el suficiente aire a sus pulmones, los cuales parecían haber olvidado cómo cogerlo apropiadamente. El aroma a sal y naufragios inundó su nariz. Luego sus huellas se dibujaron en la oscura y fina arena. El cuerpo seco y vacío de un cangrejo fue arrojado a los pies de la persona que le esperaba antes de que el mar lo engullese de nuevo. Justo cuando llegó a su lado, este apartó la mirada del atardecer para, ladeando el rostro, alzándolo, ponerla en él. Verde y azul. Gemas que brillaban delicadamente.

—Lo que insinúas es una locura —le dijo sin tomar asiento; sin que sus manos abandonasen los bolsillos de sus pantalones. Sin dejar de acariciar la nota que pasaran por debajo de la puerta de su cocina.

El misterioso muchacho le sostuvo la mirada dos, tres olas más, antes de posarla en sus propios pies enfundados en unas botas marrón oscuro. El singular ritual de los cordones se repetía. Una desatada, la otra con una pluma blanca atrapada en la lazada. Alec deshizo el nudo y la sostuvo entre su dedo pulgar e índice.

—Insinuar… —musitó sin dejar de jugar con ella, haciéndola bailar entre los dedos—. Me crees —afirmó pasado un instante.

—No, no lo hago.

El chico volvió a ladear el rostro para mirarle.

—¿Entonces por qué has venido?

Silencio. Eso fue lo único que pudo responderle. Se perdió un instante en su mirada y al final tomó asiento a su lado, sobre la arena, de cara al mar sintiendo cómo continuaban observándole.

—Supongo que porque quiero creerte.

Alec aferró una de sus manos, que había abandonado la madriguera de tela para descansar sobre sus rodillas. El gesto le pilló desprevenido, por sorpresa, e intentó soltarse. Pero el muchacho no le dejó hacerlo y, obligándole a abrirla, depositó la pluma en la palma. Después, con mucho cuidado, le hizo cerrar los dedos; cubrirla con ellos.

—Hazlo —le pidió, y añadió en aquel tono de voz tan familiar que era como caricias directas a su alma—: Siempre quise volar como los pájaros. Como el propio Ícaro, pero sin su destino cruel. ¿Recuerdas?

Evan miró sus dedos. Los abrió lentamente para contemplar la pequeña y delicada pluma blanca. Inmaculada y perfecta. ¿A qué ave había pertenecido? Debía ser una muy pequeña. Una que cupiese entre sus manos, que pudiese dormir en ellas.

«Lo recuerdo todo», quiso decirle. Pero no lo hizo. Por un momento no hizo otra cosa más que contemplar la pluma.

Le creía. No porque desease hacerlo, porque fuese algo que necesitase. Le creía porque todo su ser reaccionaba del mismo modo en que lo había hecho con Ícaro. Porque a pesar de no parecerse en nada, se parecía más que nadie.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te lanzaste al vacío? —Las palabras fluyeron de entre sus labios acompañadas de un silbido ahogado y doloroso.

Silencio. Uno demasiado frío y oscuro.

—Solo hay algo que no recuerdo de todo lo vivido antes de regresar como Alec y es lo que sucedió ese día. Aunque de algo sí estoy seguro y es de que yo no me tiré. ¿Por qué iba a hacer algo así si te quería como lo hacía?

Apartó la mirada de la pluma para encontrarse con la de Alec. Era una locura. Todo aquello lo era. Todo cuanto rodeara la muerte de Ícaro indicaba que este había saltado desde el faro. Que le había dejado solo. Sí, le había dejado solo y en un principio él había llorado. Lo había hecho hasta casi vaciar todas sus lágrimas y quedarse seco. Marchito como una flor olvidada que alguien hubiese arrancado del tallo que la mantenía atada a la vida. Luego le había odiado por abandonarle. Por irse. O al menos lo había intentado antes de que regresasen las lágrimas. También había gritado y golpeado hasta hacer sangrar sus nudillos. Ahora usaba el alcohol para mitigar el dolor, pero no siempre funcionaba.

—¿Cómo puedes estar seguro de ello si no lo recuerdas?

Esta vez no tardaron en darle una respuesta.

—Porque tenía más motivos para desear vivir que morir.

Se habían ido girando hasta casi quedar el uno frente al otro. Aunque tras aquellas palabras, Evan recuperó la postura que tomara nada más sentarse. Su mirada se centró en el horizonte, en la fina línea de un intenso color naranja; una línea de fuego sobre el mar. Cuando volvió a moverse para quedar frente al chico, los rostros de ambos, el puente de la nariz, los labios, el mentón, casi no se distinguían. La oscuridad que traía consigo la noche estaba a punto de bendecir el lugar.

—No sé cómo enfrentarme al hecho de que esto sea cierto o que, por el contrario, me estés mintiendo —se sinceró. Tomó a Alec del tobillo y, tras anudar los cordones de la bota, enganchó la pluma en ellos con un firme nudo. Luego pasó a hacer la lazada de la otra. Ni siquiera supo por qué lo hacía. Sus dedos simplemente se movieron solos, imbuidos por el poder innegable de atracción que sentía hacia quien las calzaba—. Pero déjame decirte algo: si es lo segundo, si de algún modo que no logro concebir has conseguido toda esa información sobre él y sobre mí para aprovecharte de la situación y lograr algo, ya sea dinero o cualquier otra cosa, te arrepentirás de ello. No por el daño que me causes a mí, sino por pronunciar su nombre, por aferrarte a mi recuerdo de él. —Su voz había permanecido en calma todo el rato mientras hablara. Aunque la advertencia implícita en sus palabras quedó bastante clara.

Se puso de pie dispuesto a marcharse. Sus zapatos se llenaban de arena con cada paso y se le hacía algo difícil caminar, pero ni se planteó la idea de quitárselos. Ya lo haría cuando saliese de la playa, cuando se encontrase en el sendero.

—No miento y lo sabes. —La voz de Alec llegó hasta él por encima del ruido del mar—. ¿Me odiaste? Debiste hacerlo si como dices pensaste que me había lanzado a las rocas. Nunca te hubiese dejado. No recuerdo qué sucedió, pero nunca te hubiese dejado por propia voluntad, Evan.

No se detuvo. Seguramente quien decía ser Ícaro, su Ícaro, se había puesto de pie. O puede que no y todavía continuase sentado con las piernas flexionadas hacia su pecho cubierto por un jersey de punto beis con las mangas algo roídas; como si se le hubiesen enganchado en algún sitio. Quizás en las ramas de algún árbol. Continuó avanzando en dirección al sendero; y no paró porque comenzaba a sentir que se volvería loco de sostenerle un minuto más la mirada y ver que aunque no era un océano de plata el que se alzaba ante él sino aguamarinas y esmeraldas, estas eran igual de profundas. Que bajo ellas habitaba la misma alma. Lo había visto. Lo había sentido. Si no del todo, al menos una parte de Ícaro sí que había estado sentada hasta entonces junto a él.

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Los veranos en la isla no eran calurosos. La temperatura era algo más templada que el resto del año, pero, y sobre todo al caer la noche, el calor de un jersey o de un buen fuego era algo que se agradecía.

Los leños ardían en la vieja chimenea de piedra y solo la luz de las vibrantes llamas que los devoraban iluminaba el salón. La figura sentada en una de las butacas junto a la cristalera con un vaso de whisky en una de sus manos, un vaso del que no había bebido aún, las observaba hipnotizado por su danza.

Evan se llevó la copa al rostro. Descansó el frío cristal contra la frente y su frialdad le hizo estremecerse. El aroma de la bebida, intenso y dorado, le acarició la nariz despertando una extraña sed en él. Se sentía tremendamente agotado y era una sensación que le acompañaba desde que Ícaro muriera, con escasos y pequeños intervalos de ausencia. Era como si llevase demasiadas piedras en su interior que insistían en hundirle en el mar, en la tierra…; en los lugares oscuros, sombríos, donde pocos desearían vivir. Se llevó el vaso a los labios y el intenso sabor de la bebida se deslizó por su garganta. Entonces lo escuchó, el sonido de pasos que se dirigían a la biblioteca.

Puede que ni siquiera hubiese cerrado la puerta. Que no se hubiese molestado en hacerlo. No era la primera vez que algo así sucedía. O puede que alguien la hubiese forzado. Cualquiera de las dos opciones le produjo la misma emoción: ninguna. Si era un ladrón, algo que dudaba, por él como si se llevaba todo lo que había en la casa. Mientras dejase el piano que le observaba desde el otro lado de la estancia y la botella de whisky, podía quedarse con el resto de cosas. Bueno, y los libros. Por ellos abandonaría la butaca y se enfrascaría en una pelea de ser necesario. Aunque dudaba que de todo lo que había, fuese a elegir esas cosas precisamente.

Los pasos eran cada vez más claros. Un rumor suave y delicado. Y cuando la delgada figura se dibujó en la madera del suelo, solo entonces, volvió el rostro para contemplar al intruso.

—Estaba abierto. —La voz de Alec era como el arrullo de un río en sus oídos.

Por un momento, tras sus palabras, ambos se observaron en silencio. El chico permaneció en el umbral; un pie descansando sobre el otro y los brazos pegados a sus costados. Luego su mirada se paseó por la habitación, por los libros que llenaban las paredes casi hasta el techo. Por último observó el piano. Y aún lo hacía cuando Evan se decidió a hablar.

—Lo hice. Te odié por haberme dejado. —Volvió a beber otro trago sin quitarle los ojos de encima—. Durante un tiempo lo hice.

Alec desvió la mirada del instrumento a él.

—Me parece justo. Pero yo no decidí abandonarte. No fue mi decisión.

—Tú decisión…, ya —murmuró contrariado, llevándose una vez más el vaso a los labios.

Aunque antes de que los rozase, el chico se apresuró a llegar a su lado y se lo arrebató, dejándolo sobre la pequeña mesa que había entre las dos butacas. Sin pedir permiso, tomó asiento. Evan le miró anonadado por el descaro con el que se había movido. Por un instante estuvo tentado de quitarle el vaso y obligarle a salir de su casa. Pero se abstuvo de lo segundo al contemplarle de nuevo, al hundirse en su mirada que sostuvo la suya con total tranquilidad.

Esta vez Alec no le impidió hacerse con la copa y él terminó de apurarla de un solo trago esgrimiendo una mueca al sentir la quemazón de la bebida con más intensidad al deslizarse por la garganta.

—Deja de beber —le pidió cuando volvió a llenar el vaso—. Te hace daño.

—¿Tú qué sabrás? —masculló bebiendo sin apartar los ojos de su rostro. Observándole por encima del cristal.

Alec arrugó el ceño. Quizás preocupado o contrariado, quién sabe. No logró identificar qué significaban exactamente las pequeñas arrugas que se formaron entre sus blanquecinas cejas, en su frente. Tampoco puso mucho empeño en ello. Volvía a sentir aquella peculiar sensación que tanto se le parecía al miedo. Miedo por reconocer en aquella persona algo que creía perdido.

—Supongamos que te creo —comenzó a decir—, ¿ahora qué?

Alec sonrió ante sus palabras. Fue una tímida sonrisa que iluminó su mirada y suavizó su ceño. Un gesto que le caldeó más el alma de lo que podía hacerlo el whisky. Dos dedos delgados y perfectos tomaron el mechón de cabello como la nieve que acariciaba la pálida mejilla para llevarlo tras la oreja. Siguió cada uno de aquellos movimientos, el viaje que había hecho el suave mechón, sin poder evitarlo.

—Ahora todo —musitó borrando la sonrisa, mas sin apartar los ojos de él. Estos eran estrellas que le observaban con intensidad. Como si quisieran colisionar con él. Arrojarse sobre él y crear una lluvia brillante que los cubriese a ambos.

Esa mirada hizo que desease soltar el vaso que todavía retenía para asegurarse de que aquel cabello era tan suave como creía. Y todo ello le hizo ponerse en pie de golpe. Le hizo alejarse del chico y, después de dejar la copa sobre el piano, sentarse en la butaca que había frente al instrumento. Como si con ello pudiese regresar al estado apático que tanto conocía. Pero no pudo.

Sentía la mirada de quien decía ser Ícaro puesta en él. Abrió la tapa que ocultaba el teclado y contempló las teclas que parecían los gastados dientes de un enorme animal. Al principio los acarició sin lógica alguna; desencadenando una melodía sin sentido en un intento por dejar de pensar en todo lo que estaba sucediendo, en la persona que continuaba sentada a unos metros de él. Luego se fue transformando en una pieza que interrumpió de forma abrupta cuando escuchó que Alec caminaba hacia el piano. Por el rabillo del ojo vio como se sentaba a su lado y como sus manos sobrevolaban las blancas y negras teclas que comenzó a presionar con cadencia. Y la canción se elevó frente a ellos como una bandada de pájaros cenicientos que batieron sus alas primero con suavidad, luego con más fuerza. Falló en varias notas, pero no se detuvo. Siguió hilando la melodía y cuando finalizó con una nota sostenida, se giró hacia él recogiendo las manos, llevándolas a su regazo con elegancia.

Había interpretado la pieza que él creara para Ícaro y que este insistió en aprender. Y la había tocado fallando en las mismas notas en las que este fallaba. Una canción que solo ellos dos conocían. Que él nunca había tocado para nadie más, delante de nadie más.

—¿Estás aquí? —A pesar de que sus palabras fueron entonadas como una pregunta, no lo eran en absoluto.
Su mano tembló cuando la llevó hasta el rostro que tenía frente al suyo. Las yemas de sus dedos acariciaron las pálidas y rizadas pestañas cuando Alec cerró los ojos. Acariciaron la suave piel que los cubría y besaron el puente de la nariz pequeña y algo respingona. Dejó caer la cabeza sobre su hombro menudo y cálido. Su frente rozó el suave tejido del jersey que lo cubría. Y cuando los dedos de Alec se deslizaron por uno de sus brazos hasta cobijarse alrededor de la muñeca, en una caricia íntima y silenciosa, se estremeció con fuerza.

—Deja de beber —volvió a pedirle antes de echarse un poco hacia atrás y así obligarle a alzar el rostro.

Lo atrapó entre sus manos. Los dedos sobre sus mejillas. El silencio los acogió de nuevo mientras se observaban, mientras se refugiaban el uno en el otro. Un momento después, sin acabar con la ausencia de palabras, Alec se puso de pie y él cerró los ojos. Le sintió alejarse. Abandonar la estancia y un poco más tarde la casa tras la oscuridad de sus párpados. Y cuando los abrió, observó el vacío a su lado —las teclas del piano, el vaso de whisky— sin saber si lo ocurrido era fruto del alcohol que le había hecho soñarlo todo. Pero el chisporroteo de los troncos de madera en la chimenea le susurraba que estaba despierto y que lo había estado todo el rato; que no se trataba de un sueño. Eso y el perfume a musgo, a bosque encantado que había quedado en la estancia tras la partida de Alec y que ahora también impregnaba su ropa, su cabello. Se llevó a la nariz la muñeca que este aferrara. Allí también estaba aquel aroma a incienso y tierra húmeda. Apretó de nuevo la nariz contra la piel aspirando con fuerza y el gesto se repitió una vez y otra. Incluso, más tarde, cuando yacía en su cama bajo las sábanas, volvió a hacerlo como si fuese incapaz de detenerse.

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