«Ícaro» Capítulo 2

2

 

Miércoles, 9 de julio de 1924

Había puesto orden en la casa, o al menos lo había intentado. Había abierto las ventanas y dejado que la brisa se colase por ellas inundando todo con el aroma del mar. Ese perfume a sal y algas. A rocas caldeadas por el sol.

Las butacas de la biblioteca tomaron una nueva posición en la espaciosa sala; más lejos de la chimenea y más cerca de la cristalera que ocupaba toda la pared con vistas al jardín, a los sauces llorones. La cocina rebosaba de fruta fresca, hogazas de pan y botellas de leche. El café conservaba su esencia en pequeñas latas con exóticos paisajes dibujados con trazos escuálidos; finas líneas de colores que daban forma a exuberantes junglas sobre el latón.

Había puesto mucho empeño en que pareciese un hogar, un lugar lleno de vida. Eso es lo que alguien que hubiese estado observando su comportamiento tras el extraño encuentro en el faro podría llegar a creer. Y hubiese errado. En verdad había puesto mucho empeño en no pensar. En no dejar que los pensamientos devorasen todo cuanto quedaba de él.

Evan abrió la puerta de la cocina, aquella puerta que ya chirriaba cuando él era un crío y que daba a un lateral del jardín. Tomó asiento en el solitario escalón que separaba la estancia de la extensión de fragante hierba y, después de dejar sobre él la taza con café que sostenía, rebuscó en uno de los bolsillos de sus pantalones en busca de la pitillera de plata. Cogió uno de los cigarrillos. El fino papel dejaba entrever las hojas trituradas de tabaco, manchas oscuras entre sus dedos. La llamita anaranjada del fósforo que prendió contra el peldaño iluminó su rostro un instante. La noche se levantaba frente a sus ojos y la oscuridad apenas era rota por la luz de la cocina que escapaba por el hueco de la puerta a su espalda. Se llevó la taza a los labios y una especie de danza cobró vida. Los bailarines no eran más que el cigarro entre sus dedos, las largas caladas seguidas del blanquecino humo que se elevaba frente a su rostro como niebla y el café que bebía a cortos tragos. Juntos bailaban sin pasión alguna.

No era una hora muy apropiada para tomar una bebida así, pero era una persona de costumbres algo peculiares. Le gustaba tomar café en la noche y a la hora del té, prefería el whisky. Le gustaba llevar el cabello largo cuando la mayoría de los hombres preferían lucirlo corto, sus rostros sin vello alguno mientras que a él se le olvidaba afeitarse.

Su padre había odiado su aspecto. Siempre le decía que la apariencia lo era todo y más en un hombre de negocios. Que la suya solo decía a todo aquel que le contemplase que no le importaba nada más que pasar las noches en algún tugurio del sur de la ciudad. Una vez, ya no recordaba si llevado por los vapores del alcohol o no, le había aclarado a su progenitor que todo aquello no se lo decía su apariencia. No, se lo habían dicho sus amigos a los que él había guiñado un ojo y dedicado una sonrisa burlona desde la mesa que ocupara en uno de esos lugares cuando, al girarse, los había vislumbrado al fondo de la sala. En el mismo sitio donde se sentaban los hombres casados que no deseaban ser vistos allí. O al menos no lo deseaban tanto como colar sus manos bajo los vestidos de las prostitutas que los acompañaban. El rostro de su padre había adquirido un desagradable tono morado como si le faltase el aire y había balbuceado algo que ya ni recordaba. Luego le había dejado solo. Había abandonado su apartamento en el centro de la ciudad, sobre una tienda de antigüedades, con un portazo y varios golpes de bastón.

Evan estaba seguro de que de haber tenido un hermano, ahora mismo no tendría esta casa ni derecho alguno sobre los negocios de su padre. Le dio una última calada a su cigarrillo y deseó tener uno. Un hermano que odiase el café y el tabaco. Del que su progenitor hubiese hablado con orgullo. Que le hubiese hecho dejar de pensar en aquel otro que siempre hacía todo mal y que parecía más un león que un cordero como esperaba.

Apagó el cigarro contra el borde del escalón y dejó que el aire fresco de la noche limpiase sus dedos. La gata, que parecía haber decidido que por ahora su jardín era un buen lugar para vivir, se acercó con pasos lentos y elegantes. Su prominente barriga era señal de que pronto dejaría de pasearse sola entre la hierba. La acarició cuando se frotó contra una de sus piernas y un momento después, desaparecía en la cocina.

Mucho tiempo atrás había vivido otro felino en aquella casa, uno blanco como la nieve. Había llegado un día cuando él apenas sabía andar y se había marchado once años después. Recordaba que su nana de por aquel entonces, una mujer muy risueña, se había hecho cargo de enterrarlo bajo el único roble del jardín. Él había insistido en llevar la caja adonde descansaba el cuerpo del animal y se había quedado hasta ver caer la última pala de tierra. Si se ponía de pie, podía contemplar parte del árbol que aún se alzaba en el jardín. Se levantó y vio parte del tronco y algunas de las ramas. Pero también algo más. Había alguien junto al roble. Su pálido cabello resplandecía en la oscuridad que le rodeaba. Un velo vaporoso que parecía crear un aro celestial alrededor de la cabeza. Podría haber sido el ángel de la anunciación o un fantasma. Así de especial, de mágico, era el aspecto del extraño chico que le había dedicado aún más extrañas palabras días atrás en el faro y que ahora parecía esperar que se acercase mientras, desde la distancia, le observaba.

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La hierba crujía, susurraba bajos sus pies. Se inclinaba sobre la tierra como si quisiese fundirse con ella o quizás apenas mezclarse con las hojas que también besaban el manto marrón. Y con cada paso, Evan estaba un poco más cerca del misterioso muchacho.

El aire olía a barro, resina y manzanas al horno. Y todos esos olores no conseguían cubrir el que desprendían las prendas del chico al que ahora, si extendía su mano, podría tocar. Estas olían a incienso y musgo. A algo que no tenía nada que ver con lo terrenal.

Mientras le observaba en silencio con las manos ocultas en los bolsillos de los pantalones, pensó que así debían oler los duendes o los elfos que muchos decían que existían en aquellas tierras. De hecho, todo en aquel chico tenía un aspecto feérico: desde sus ojos hasta el pálido cabello y la pálida piel. Fue entonces cuando este habló y su voz fue como el murmullo del agua al besar la arena de la playa: hipnótica y sedante.

—Debí tener en cuenta que no me reconocerías. Cómo ibas a hacerlo con este nuevo rostro —dijo, y añadió mirándose las manos, mostrándoselas—, con estas manos.

Una vez más y como había sucedido días atrás, sus palabras fueron igual de singulares y le crearon la misma confusión.

Se planteó que el muchacho no estuviese en su sano juicio. Aunque cuanto más lo observaba, menos viable le parecía esa idea. Era extraño, sí, pero solo eso. O eso fue lo que deseó creer, ya que no se veía capaz de lidiar en ese momento con alguien que no lo estuviese.

—No sé qué diablos dices. —A veces podía ser demasiado directo. Sobre todo cuando estaba cansado como ahora—. Te confundes de persona.

El chico negó con la cabeza al escuchar sus últimas palabras. Un mechón de cabello se deslizó por su rostro y durante un breve instante le acarició los labios perfectamente definidos y exquisitamente sonrosados.

—No —musitó—. Sé quién eres y tú sabes quién soy yo. Solo que aún no has mirado lo suficiente.

Evan ladeó la cabeza para observarle con más atención. Era prácticamente imposible que se conociesen. Y al final optó por sonreír, burlón, intentando que no se notase el hecho de que la conversación comenzaba a crisparle los nervios.

—Escucha, no sé qué pretendes, pero, sea lo que sea, deberías dejarlo. No llevo muy bien las bromas —le advirtió, y a cada palabra que escapaba de su boca, esta dejaba de sonreír un poco. Hasta que los labios se tensaron en una especie de mueca que reflejaba el mismo malhumor que su mirada. Odiaba sentir miedo. Y ahora, de pronto y para su propia sorpresa, lo sentía. El sentimiento había llegado como lo haría una tormenta y se aferraba a todo su ser desconcertándole por lo inesperado y fuera de lugar.

Se dio media vuelta más que dispuesto a regresar al interior de la casa. Aunque no se había alejado mucho del árbol, del chico, cuando este volvió a hablar. Y lo que dijo hizo que se detuviese de golpe, que se tensara y la vista se le nublase a la vez que su corazón emprendía una alocada carrera.

—Cuando nos conocimos dijiste que Ícaro era un nombre que te hacía cosquillas en la lengua al pronunciarlo, igual que lo harían las plumas de un pájaro al pasarlas entre tus dedos. Eso dijiste, Evan. Unas palabras demasiado poéticas para un niño de diez años. Pero palabras que me hicieron comenzar a quererte.

Se dio la vuelta tan despacio que tardó más de lo que cualquier persona pudiese demorarse en hacer un gesto tan simple. La vista se le aclaró y se centró en quien permanecía a unos pasos de él. La sola mención de aquel nombre le había dejado sin respiración. Cerró las manos en firmes puños para que el chico no viese que temblaban.

¿Quién diablos era? ¿Cómo sabía su nombre? Y lo que era más importante, ¿de verdad estaba intentando decirle que era Ícaro? ¿Que era alguien con quien se había sentido unido de una forma en la que jamás había vuelto a sentirse con nadie? Eso era imposible. Ícaro había muerto. Él había encontrado su cuerpo destrozado en el fondo del acantilado. Había visto como las olas borraban su sangre de las rocas. Había llorado por él. Y aunque no hubiese sido así, Ícaro debía tener ahora su misma edad, treinta y tres años, no los dieciséis o diecisiete que aparentaba el muchacho que tenía delante y que no se le parecía en nada.

—¿Quién eres y qué pretendes con todo esto? —le espetó con rudeza. Debía tratarse de una broma. Una broma cruel de alguien que debía pasar mucho tiempo solo y aburrido.

Sus palabras fueron acogidas por un largo silencio. La gata maulló un par de veces desde algún punto de la cocina y las ramas del roble susurraron sobre su cabeza.

—Ahora soy Alec. Pero antes de ser Alec, era Ícaro. Tú me querías y yo te quería a ti. —La voz del chico se sumó a los susurros.

Le observó sin decir nada. Un nuevo silencio los abrazó a ambos; hasta que la furia se desató dentro de él. No le importaba saber por qué sucedía aquello. Por qué aquel chico sabía aquellas cosas. Lo único que sentía era dolor. Era como si alguien hubiese hundido un puñal en la herida que nunca había llegado a cicatrizar y ahora sangrase de nuevo. De dos rápidas zancadas acortó la distancia que le separaba del tal Alec y le aferró por la solapa de la chaqueta que vestía. Sus dedos estrujaron la tela con fuerza mientras le arrastraba hasta el tronco del roble. El chico no parecía asustado. Su mirada permanecía serena, aunque creyó ver una sombra de tristeza al fondo de las pupilas.

—No sabes nada de él ni de mí —le soltó con rabia sin liberarle—. No vuelvas a pronunciar su nombre. No vuelvas a acercarte a mí. No sé qué pretendes contándome esa mentira ni quiero saberlo. Aléjate de mí.

Tras lanzarle una última mirada llena de cólera, le dio la espalda para ir hacia la casa.

—No te he contado ninguna mentira —replicó Alec. Y lo hizo en apenas un susurro.

Ícaro también solía hablar así. Casi pareciese que las palabras se deslizasen como miel entre sus labios. Despacio. Con suavidad. Desprendiendo un tenue calor al hacerlo. Como el que sentirías en la palma de tu mano al recoger una fruta madura del árbol en un día de verano. Agradable y reconfortante. Una simple coincidencia como lo era también la pulsera que llevaba. Una pulsera de hilo idéntica a una que él le diera a Ícaro días antes de su muerte. O eso quiso creer.

—Márchate. Sal de mi propiedad.

No se detuvo. Siguió avanzando por el jardín, haciendo cantar a la hierba.

—Cuando teníamos catorce años, ambos nos caímos de tu bicicleta. Como recuerdo de ello, tienes una cicatriz con forma de estrella sobre tu codo derecho. Tocas el piano. Compusiste una canción para mí y te pedí que me enseñases a tocarla. La primera vez que me besaste fue en la playa, era de noche y hacía mucho frío. La segunda fue en el faro. —Alec guardó silencio cuando él al fin se detuvo; aunque su voz pronto volvió a llegar a sus oídos impulsada quizás por el hecho de que se negase a darse la vuelta y mirarle. Pero no podía hacerlo. Temblaba y esta vez no creía poder ocultar su dolor—. Una vez me dijiste que temías a la muerte porque significaba que todo llegaba a su fin. Yo te dije que no debías temerla porque eso no era cierto. Que la muerte no era el final o eso es lo que me habían enseñado. Yo tenía razón.

Volvió a ponerse en marcha, a caminar en dirección a la puerta de la cocina. Las palabras del chico se le habían clavado en el pecho y dolía. Vaya si dolía. Era imposible que supiese aquellas cosas si no estaba diciendo la verdad. Pero eso no podía ser cierto. Lo que insinuaba era una locura. Le escuchó pronunciar su nombre, llamarle de aquella forma tan especial en un intento por que se detuviese.

—Cállate. Sal de mi casa —fue su respuesta en una especie de gimoteo. Como los que solía murmurar cuando estaba borracho, solo que ahora no había ni una gota de whisky circulando por su sangre. En su lugar había miedo, confusión y dolor.

Y aunque no quisiese admitirlo, la mayor parte de ese dolor venía de que en el fondo deseaba con todas sus fuerzas que lo que aquel chico decía fuese cierto: que la muerte no fuese el final de todo.

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