«Ícaro» Capítulo 1

Aquí podrás leer de forma gratuita los nueve primeros capítulos de «Ícaro», de Mer González; una novela homoerótica que te hará soñar con almas que se aferran al amor más allá de la muerte… Ahora bien, te advertimos dos cosas:

  1. Esta novela es para mayores de edad.
  2. Es una historia adictiva que no podrás dejar de leer.

Aclarado esto, ¡bienvenid@ a este antro!


1

 

Domingo, 6 de julio de 1924

Los recuerdos siempre caminan ligeros cuando renacen en el sueño. Se condensan en la punta de la lengua de los durmientes y traen el sabor de la melaza en el fondo de un vaso de leche. Se cuelan tras los párpados cerrados, desfilan como nubes de colores que toman formas ya conocidas antes de convertirse en murmullos de agua clara en la que poder nadar. Entonces los cuerpos se estremecen al golpear las rocas. Afilado dolor que intentar hundir en la oscuridad donde no pueda hablar, donde no pueda susurrar. Pero la oscuridad nunca es lo suficientemente densa.

Evan transita entre recuerdos golpeando con los puños las esquinas, evitando los bordes. Como si quisiese alejarse, mas a la vez, permanecer dentro. Sus brazos siempre extendidos para percibir cualquier obstáculo. Dedos que acarician, lamen, una añoranza que se clava en ellos. Retrocede. Al final decide contar los pasos que le alejan y esta noche han sido muchos menos.

Según la madrugada avanza y se comienza a presentir el amanecer, su figura se dibuja con más claridad en mitad del salón. La madera del suelo que le acoge se despereza con las primeras luces del alba. Aunque solo cuando el sol atraviesa con fuerza las ventanas y acaricia su rostro, logra dejar atrás el sueño.

Uno de sus brazos se ha convertido en algo ajeno a él. Ha dormido aplastándolo con todo el peso de su cuerpo y ahora no le responde cuando intenta aferrar la botella de whisky medio vacía que permanece de costado a su lado. Un pequeño charco, del que se desprende un intenso olor a madera y rayos de sol, se ha formado bajo el cuello del que aún gotea alguna que otra gota dorada y reluciente. Cuando por fin recupera el control de su brazo después de abrir y cerrar los dedos, estos se enroscan alrededor del cristal, rascan la pegatina en la que se lee el año de destilación, lo convierten en una solitaria cifra antes de conseguir ponerse en pie. Lleva varios botones de la camisa abiertos y la calidez del día besa la piel de su pecho al pasar junto a las ventanas. Uno de los vidrios le devuelve una desastrosa imagen de sí mismo. Tiene el largo cabello alborotado y el cuello de la camisa sucio. Bajo sus ojos se dibujan dos manchas oscuras, propias de aquellos que se mantienen despiertos hasta altas horas de la madrugada. El regusto del alcohol y el tabaco le hace cosquillas al fondo de la garganta. Por un momento todo le da vueltas y su reflejo se convierte en una mancha que gira y gira como si fuese a ser engullida por las sombras que se levantan a su espalda, en los rincones donde todavía no ha llegado la mañana. Se aferra al marco y la botella lo golpea con demasiada fuerza haciéndose añicos. El mundo a veces es un agitado mar que ruge dentro, muy dentro, y te convierte en un náufrago.

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Evan se aparta los mechones que insisten en cubrir uno de sus ojos. Ojos demasiado grandes para un rostro como el suyo, pero, a pesar de ello, hermosos. Del color de la miel. Ambarinos y brillantes. Dos lagos de aguas doradas. Sus dedos húmedos por el whisky, con un gesto torpe, llevan los plateados mechones, acero entre hebras de canela, tras las orejas. Luego descienden lentos hasta la barba de varios días.

Al otro lado del cristal, de la amplia ventana, el jardín que los años de ausencia han convertido en una salvaje ola de intenso color verde. Casi puede escuchar el zumbido de las abejas; sentir el tacto fresco de la hierba que ha cubierto por completo la tierra bajo sus pies descalzos.

Ha pasado una semana desde que abandonara la ciudad, desde que decidiera regresar a esta pequeña isla en la que solía vivir cuando era niño. Una casa que llevaba años sin pisar. Que huele a polvo, hojas secas y té con menta. Un hogar vacío y silencioso que ha heredado junto a otras cosas más pequeñas pero con menos recuerdos aferrados a ellas.

Podía haber continuado en la ciudad fingiendo que le importaban los negocios familiares que también había heredado. Fingiendo que la importación y exportación de vinos le importaba más que el simple hecho de descorchar la botella y llevársela a los labios. Podía haber fingido que prefería hacerse cargo de ellos a moverse de una ciudad a otra, a dejarse llevar por el paso del tiempo como realmente hacía. O que lo prefería a adentrarse en las calles donde, uno tras otro, los anticuarios venían a estrechar su mano antes de acabar el día en cualquiera de las cafeterías donde se daban cita escritores y poetas. Charlar con ellos. Invitarlos a unos tragos. O ser él quien era invitado a beber de hermosas botellas de cristal llenas de coloridas bebidas que iban desde el blanco más puro a los oscuros de exóticos licores. Sí, podía haber fingido mucho más de lo que lo había hecho, pero nunca se le había dado bien. Lo que sí se le daba bien era recorrer mundo, perderse en la inmensidad del océano a bordo de su barco. Alejarse de tierra firme cuando esta se volvía demasiado asfixiante. Algo que, por otro lado, ocurría muy a menudo.

Y una mañana se había despertado sintiendo la imperiosa necesidad de regresar a este lugar, a esta vieja casa. Aunque el reflejo que le devolvía el cristal no distaba mucho de otro que le hubiese podido regalar cualquier espejo en la ciudad.

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Había pasado el resto del día intentando recobrar la lucidez. Dejando que los efectos del alcohol se borrasen hasta sentir por fin la mente completamente despejada, aunque un molesto dolor de cabeza le recordase la noche anterior sin cesar.

Se había dado un buen baño. El perfume del jabón se desprendía de su piel, de su cabello con cada paso y se mezclaba con el de la colonia: madera, musgo y cuero. Así olía también la isla. Aquel pequeño trozo de tierra volcánica y verdes praderas regalaba el mismo aroma.

El camino bajo sus pies, de arena negra y serpenteante, conducía a lo alto del acantilado desde la playa. Sobre este, un viejo faro le aguardaba.

El mar bramaba con fuerza cuando empujó la desvencijada puerta de madera y se adentró en la construcción de piedra. El abandono era visible en los fragmentos de cristal que sembraban el suelo, en las arañas que tejían sus casas en las esquinas. Fue dejando atrás las estancias que se iba encontrando y se encaminó hacia la escalera que llevaba a la acristalada cúpula. El lugar había estado abandonado incluso cuando él era un niño. Por aquel entonces también debía tener el mismo aspecto gris y sucio, pero no lo recordaba. En aquellos años, el lugar había sido muy especial para él. Un sitio en el que refugiarse, jugar y descubrir. Ahora le parecía más lúgubre y lleno de fantasmas. Estaba seguro de que si se fijaba bien, podía ver su rostro en algunos de los espectros que parecían devorarlo todo; al chico de dieciséis años conmocionado por lo que allí había sucedido una tarde cuando el sol comenzaba a hundirse en el horizonte. Una parte de él había muerto en este lugar, o quizás lo había hecho en las afiladas rocas que ahora contemplaba desde el exterior de la cúpula, desde el pasillo estrecho y circular que la rodeaba. Un pasillo solo separado del vacío, del mar que golpeaba con fuerza el acantilado unos metros más abajo, por una oxidada baranda. Sí, había muerto allí. En aquellas rocas que parecían afiladas cuchillas. Allí junto a aquel otro cuerpo que tantas veces había abrazado.

Estaba tan ensimismado en sus propios pensamientos que no se percató de que alguien más había entrado en el lugar. Que había ascendido la escalera de caracol y ahora le observaba desde una prudencial distancia. Únicamente cuando su mirada se apartó del acantilado, de las olas que lo besaban creando ecos de espuma, se percató de que ya no estaba solo.

El chico no debía tener más de dieciséis o diecisiete años. El cabello, de un rubio blanquecino, le caía unos centímetros por debajo del mentón en ligeras ondas. No era muy alto. Las sencillas prendas que vestía en tonos grises le quedaban algo holgadas, ya que tampoco es que fuese muy robusto. Una de las botas que calzaba estaba sin anudar y en la otra, unida a la lazada, había una pluma pequeña y tan blanca como lo era su cabello, su piel. El extraño muchacho se apartó el fino mechón que le cubría el ojo izquierdo. El otro, de un tono verde brillante, no se había apartado de su figura. Y para sorpresa de Evan, el izquierdo era de un hermoso color azul celeste.

—Te he estado esperando —musitó dando un paso al frente, acercándose a él. Evan no retrocedió. No sentía que corriese peligro alguno por muy extraña que fuese la apariencia del chico o la situación en sí—. Sabía que vendrías.

Aquellas palabras le causaron mayor confusión. No conocía de nada a aquella persona. Habían pasado muchos años desde que visitara por última vez la isla.

De pronto, como si el muchacho fuese consciente por vez primera de lo que había dicho, le observó con temor. Como si le preocupase haber hecho algo malo. Sus extraños ojos se abrieron como platos antes de que los cerrase y se acariciase angustiado el rostro. Y entonces la vio, la fina pulsera hecha con hilos de colores trenzados entre sí y anudada a la muñeca. Los huesos se dibujaban con elegancia bajo la piel y parecían abrazar con ternura el abalorio. Una frágil fila de colores que hizo que retrocediese un par de pasos. Un hueco se iba formando en su pecho allí donde el corazón bombeaba con estrépito y su mano tanteó la baranda a su lado buscando un asidero que le mantuviese cuerdo, que le alejase de los recuerdos. Había visto una pulsera idéntica rodeando una muñeca que él había aferrado, pero los huesos que le dieran forma ahora yacían bajo tierra.

Cuando el chico frente a él abrió los ojos, este solo pudo ver la más absoluta serenidad en su rostro. Quizás se había subestimado a la hora de fingir. Y, por un momento, ambos volvieron a observarse en absoluto silencio. Luego, el extraño joven, sin darle tiempo a réplica alguna, a decir nada, se dio media vuelta y lo dejó solo. Desapareció por el sendero y Evan no dejó de seguir su delgada figura desde el faro hasta que le fue imposible continuar haciéndolo, como si algo le obligase a ello.

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